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domingo, 29 de abril de 2012

UNA ESTOCADA, FANDI Y EL DILUVIO



En medio del diluvio universal que cayó ayer en Sevilla, Padilla recetó ayer a su primero una estocada que le puede proporcionar de nuevo el premio a la mejor estocada de la Feria. Al segundo también lo mató a la primera, pero me parece que cayó un poco desprendida. Dos buenas suertes de matar como colofón a dos faenas a su manera, en las que se entregó pero le faltaron toros.
Los toros que Álvaro Domecq trajo ayer a Sevilla, cuya lidia siguió desde su barrera del 1, fueron de lo mejor que se ha visto en la feria. La primera sorpresa fue que ningún Torrestrella fue devuelto en el reconocimiento, lo que ya es un mérito. En segundo lugar, estuvieron en general bien presentados (sólo uno tenía cara de novillito), dieron buen juego en los caballos, lo que aprovechó El Cordobés para acabar con los suyos directamente en el tercio de varas, y mostraron casta y acometividad. La nota negativa la tuvieron en las fuerzas. Cuando llegaron al tercer tercio se caían clamorosamente: las fuerzas no acompañaban a su casta. A unos los corrieron hasta la extenuación en las banderillas de Fandi y Padilla; a otros dos, como ya dije, les dieron de lo lindo en los caballos, y todo eso se notó en su comportamiento ante las muletas. Pero en general ha sido un buen encierro al que deberíamos haber visto con otros matadores (¿qué tal con Manzanares?). No ha sido entonces casualidad que un toro de Torrestrella fuera el ganador de la corrida concurso celebrada en Zaragoza el día de San Marcos. Y también han puesto en evidencia que con sangre Domecq se puede criar otro toro distinto al que ha degenerado de la alquimia (Fernando Naranjo dixit) de Juan Pedro Domecq Solís. Sólo les falta un poco más de gimnasio, porque tenían musculatura endeblita. Claro que a lo mejor entonces tendrían que lidiarse en esas corridas que llaman toristas, porque un toro encastado, codicioso y con fuerzas no lo querrían torear las figuras.
El triunfador de la tarde fue sin duda Fandi. Se le veía feliz dando la vuelta al ruedo con su orejita, después que en tantas ocasiones tratara de agradar al público sevillano sin conseguir la recompensa buscada. Fandila es un trabajador del toreo y un trabajador incansable. A los aficionados nos podrá gustar o no el toreo que ejecuta (tampoco gustaba el de Manuel Benítez, y a ver quien lo saca de los anales de la tauromaquia), pero da todo lo que tiene en cada toro. Y lo hace lo mejor que sabe y puede. Ayer, bajo dos aguaceros de campeonato, toreó de capa con variedad de suertes (muy bonitas las navarras) y a veces con las manos bajas y templanza en la ejecución de la verónica; cuidó a sus toros en las varas; puso banderillas a su estilo, arriesgado una barbaridad bajo el diluvio; cumplió en el tercer tercio ante dos enemigos boyantes y los mató a la primera. Es verdad que otros toreros hubieran hubieran lucido mejor a los toros, pero ¿por qué no se quisieron anunciar con ellos? De modo que a alguien le parecerá que su oreja fue de poco mérito, pero yo creo que se la ganó a pulso. Más que otros, a los que les han regalado alguna orejita que otra. Dirán que la oreja la pidieron desde los tendidos de la solanera los incondicionales del granadino, pero no es verdad: entre los paraguas de la sombra aparecieron muchos pañuelos, y no todos eran de advenedizos a los que los abonados habían regalado las entradas.  Está claro que no formo parte de los seguidores de David Fandila, pero no me aburrí bajo la lluvia durante su actuación. Me alegro por este torero honesto, batallador y que siempre tiene una sonrisa en la boca.
Bueno, que visto lo visto en lo que va de feria, la corrida de ayer fue entretenida y, a pesar del diluvio que soportamos bajo nuestros capotes, no salimos de la plaza presos del tedio y el aburrimiento. Que no es poco.

sábado, 21 de abril de 2012

ÉXTASIS EN LA MAESTRANZA


Si por mí hubiera sido, Curro Javier, Juan José Trujillo y Luis Blázquez, los tres toreros de plata que acompañan a Manzanares en sus andares por los ruedos, habrían salido ayer a hombros por la Puerta del Príncipe junto a su maestro. Porque de las cuatro orejas que cortó el diestro ayer, al menos la mitad se las debe a estos tres hombres. Dieron una lección magistral de cómo se lleva adelante una lidia y de cómo se ponen banderillas. Si los dos toros que llevaron al triunfo a Manzanares hubieran sido lidiados por cualquier otra cuadrilla, las cosas hubieran sido muy distintas. Desde luego que Manzanares les agradeció su labor haciéndoles saludar montera en mano desde el centro del ruedo al finalizar la triunfal vuelta con que culminó su segunda actuación, pero fue escaso premio para tan gran labor.
Me explicaré. Los seis toros de Victoriano del Río que ayer saltaron al ruedo estaban justitos de todo: justitos de presencia, justitos de fuerzas y justitos de casta. De lo que estaban sobrados era de eso que ahora se llama nobleza: buenos como para subirlos a los altares. Puro juanpedro: ni un mal gesto, ni un mal gañafón, ni una mala intención. Eran toros que había que cuidar hasta el extremo para que no dieran el mingo y llegaran vivos al tercer tercio. Por eso ninguno de los seis tomó varas en condiciones: ni ellos quisieron nada con los caballos (la castita justa) ni los del castoreño les hicieron ningún daño. Por si acaso. Con esas características, los toritos precisaban una lidia impecable.
Eso es lo que hicieron los tres auxiliares de Manzanares. Lidiarlos impecablemente. Mimarlos como si fueran recién nacidos. El quinto de la tarde, que llevó a los públicos de la Maestranza al éxtasis, no tocó una tela desde que salió hasta que, desorejado, fue arrastrado al desolladero. Ni una tela. Salió y fue citado de lejos por  los peones de Manzanares hasta que éste lo recibió bajo los asientos del 7 y le enjaretó una magistral, aunque algo acelerada, serie de verónicas rematadas con una media impecable. Cargando la suerte, nada del pasito atrás tan común hoy, y sin que Jerezano, que así se llamaba el juanpedro, rozara el percal. Y así siguió la lidia. Ver a Curro Javier poner al toro en suerte en el segundo tercio de un único y medido capotazo, o llevarlo a una mano hasta el burladero del 4 fue un lujo. Ahí está la diferencia.
Lidiados de ese modo, los toros llegaron a la muleta de Manzanares con las fuerzas y las condiciones justas para su toreo. Lento y cuidadoso, casi acariciando al toro con los vuelos de una muleta presentada a la distancia justa, siempre en la cara del astado, llevando al toro con mimo a la velocidad que el maestro quiere y la que el animal requiere. Precisión de relojero. Manzanares tiene en sus muñecas el privilegio del temple y del mando. Porque hay que tener mucho sentido del temple y mucho mando para hacer lo que ayer hizo delante de dos toros que no valían un pimiento y que en manos de otros no hubieran servido para nada. Y también tiene el don del duende. Por eso Sevilla lo ha adoptado y lo mima como él mima a esos toritos. Manzanares, con su toreo almibarado, llevó al éxtasis a un público entregado.
El resto quedó ensombrecido. Padilla que iba primorosamente vestido y a quién el público agradeció su gesta con una ovación de lujo, intentó en su primero hacer el toreo moderno que requieren los juanpedros pero no le salió. Y en el segundo estuvo en Padilla. Pero claro, ese toreo requiere otro toro. Y Talavante se mostró mucho más firme que en años anteriores, con temple, con mando, con sentido de la lidia. En su primer toro estuvo muy bien y se llevó una oreja, pero el segundo tenía demasiadas pocas fuerzas y su cuadrilla no es la de Manzanares. Ahí está la gran diferencia: para torear estos toros justitos de todo hay que tener una cuadrilla de lujo, y de esas sólo hay una y la tiene el de Alicante.
La corrida acabó elevando a Manzanares al Olimpo sevillano. Como un héroe, dio la vuelta al ruedo a hombros de los capitalistas y rodeado de una chavalería que lo ve como como el modelo a imitar. Sólo faltó que Tristán acompañara el momento con los sones de Puerta Grande (se le fue la ocasión de seguir haciendo historia) y que los tres toreros de plata acompañaran a hombros a su maestro.
Esta vez salimos de la plaza contentos. Pero no emocionados. Las cuatro orejas que Manzanares se llevó virtualmente en su esportón (en realidad dos se las regaló a un niño en la barrera del 3 y otras dos al Dr. Vila a quien había brindado su segundo) son todo un hito en la historia de la Maestranza. Como el rabo que Diego Puerta o Ruiz Miguel cortaron en esta misma plaza. Pero no tienen el mismo peso.

lunes, 9 de mayo de 2011

EL MANSO



El sexto de la tarde, un castaño llamado Higuerito de más de 600 kg pero vareado de carnes porque era, como los demás, de caja enorme, se fue por sus propios pies a los chiqueros dejando al debutante Téllez con dos palmos de narices. Pero antes le dio no sé cuantas vueltas al ruedo huyendo de cuanto coletero se le ponía por delante. Histórico. Como el indulto de Arrojado.
A Higuerito se le veía venir. Aunque fue a las varas con determinación, cabeceó, hizo sonar el estribo y salió del castigo sin demasiado esfuerzo por parte de los toreros. Y en las banderillas se dolió ostensiblemente después de cada par. Si el mexicano se hubiera fijado en esos detalles no se habría empeñado en dar pases y más pases al manso, sólo porque acudía con más o menos empeño a la franela y derrochaba genio en las embestidas: que una cosa es el genio y otra la bravura. En el pecado llevó la penitencia. Higuerito se cansó de ver que no cazaba más que trapo y salió de najas de la jurisdicción del torero y de todo el que se le puso por delante. Un espectáculo (histórico).
Los miuras de ayer no es que fueran muy encastados, pero acudieron al caballo apretando como no hemos visto a ninguno en todo el ciclo. Se ha ejecutado casi por única vez la suerte de varas. Lástima que no estuviera a caballo Ruiz Román, porque habríamos disfrutado de lo lindo (los varilargueros actuantes no están acostumbrados a esas embestidas: ni se colocaban bien, ni ponían la puya en su sitio ni nada de nada). Lo que sí tuvieron todos los ejemplares lidiados fue una imponente presentación, mucho genio y toda la malicia que esa estirpe tiene almacenada. Todos fueron toros con presencia (el sobrero de 670 kg era impresionante), engallados, retadores (algunos algo más blandos de la cuenta), y pidieron a los espadas el carnet de torero. La pelea fue dura en todos los tercios de todos los toros, y Rafaelillo la ganó a ley aunque le costó más de un disgusto y una buena factura del sastre cuando lleve su vestido a reparar.
Los otros dos actuantes no pasaron de discretos. El cordobés Moreno, además de que torea muy poco, no es torero para estas fieras con cuernos, pero la necesidad obliga. Y el mexicano no debió debutar con semejante encierro. Seguro que su padrino de alternativa (Zotoluco) le habría contado algunas cosas del comportamiento de los de Zahariche, pero la realidad que se encontró en el ruedo seguro que superó todo lo que pudiera imaginar. Le tocó lidiar con el más grande (el sobrero lidiado después de devolver a los corrales por inválido al precioso cárdeno que salió en tercer lugar) y con el más manso. El hombre demostró valor y determinación (si no los hubiera tenido habría salido corriendo de la plaza) y muchos deseos de agradar y de demostrar que no ha venido a España para pasearse. Pero no midió bien sus posibilidades cuando salió a poner banderillas a sus dos oponentes (con este ganado sólo Padilla se puede permitir tales lujos) y desde luego demostró desconocimiento del encaste cuando, por agradar al público, se pasó de faena en el último. Espero que tenga suerte y demuestre lo que sabe hacer con otro ganado: cada uno de los que le salieron ayer por toriles valía por dos de los saltillos comunes en los ruedos mexicanos.
En fin, que nos divertimos viendo los toros y a los toreros peleando de verdad. Con este ganado no se pueden hacer figuritas: hay que plantarles cara y dominarlos, como hizo ayer Rafaelillo.

viernes, 29 de abril de 2011

FIASCO DE VICTORINOS



Si señor. Otro fiasco ganadero. Razón tenía Victorino Martín cuando decía que no iba a Madrid porque no tenía toros. Pero sí tenía para Sevilla, claro. Porque aquí se aguanta todo. Un público que de respetuoso es casi tonto y una presidencia que no lo defiende como es su obligación. Será porque quieren ir gratis a los toros, o quitarse un poco de la rutina diaria durante un mes, o yo qué sé. Pero ayer se quedaron en le ruedo al menos dos toros que deberían haberse vuelto a los corrales.
Los victorinos habían despertado expectación, a pesar de que la temporada pasada tampoco respondieron a lo esperado. Un aviso a la empresa: si en 2010 la plaza se llenó el día de los victorinos, ayer había muchos claros en los tendidos. A este paso, entre unos y otros van a conseguir que no vayamos a los toros. Ni defensores de los animales, ni antitaurinos a la catalana, ni nada de nada: lo repito otra vez, toreros, ganaderos y empresarios son suficientes para acabar con la tauromaquia. Peor para todos.
Al menos ayer pudimos ver algo de interés. ¡Qué buena cuadrilla tiene El Cid! ¡Qué bien lidiaron al segundo toro! ¡Qué buen torero es Boni! ¡Qué bien hizo la suerte Ruiz Román! Por fin pudimos ver picar a un toro puesto en suerte y citando de la manera adecuada. En ese toro El Cid volvió a demostrar que no ha recuperado el sitio ni la confianza. Era un buen toro, al menos en comparación con lo que está saliendo de toriles. Un poco gordo (después hablaré de eso) pero un buen toro. El Cid le enjaretó alguna serie firme con la derecha, pero con la izquierda no pasó de probaturas ayudándose con la espada. Unos intentos para intentar decir que el toro no servía, pero ya está. Y en mi opinión el toro iba bien por ese lado: lo que descubrió El Cid con esas probaturas es que ya no es el poderoso torero que fue. En su segundo tampoco pasó de muy discreto, aunque mató bien. A buenas horas mangas verdes...
La sorpresa para mí fue Padilla. Toreó muy bien de capa al cuarto de la tarde; le puso un muy buen par de banderillas saliendo de los adentros y lo mató magistralmente. Ese espadazo valía una oreja. De momento es la estocada de la feria; muy difícil de superar. Aunque como se trata de Padilla, pues seguramente se llevará el premio algún figurón del toreo. Y además estuvo muy atento a todas las fases de la lidia en todos los toros: estuvo a los quites, siempre en su sitio (lo que es cada vez más difícil de ver), acompañó a los picadores hasta que dejaba cerrado el portón... Ya digo, una sorpresa para mí que siempre le he tenido por un torero valiente pero basto y aturrullado. Cortés sólo me gustó a ratos. Abusó de torear al hilo de los pitones, y sólo cuando se colocaba bien, las menos de las veces, conseguía series interesantes. Creo que pudo hacer más con lo que le tocó en suerte.
De los toros, para qué decir nada. Eso no es lo esperado de un ganadero que tanto ha presumido de ser distinto de sus colegas llamados comerciales y que siempre a culpado a los toreros de los fracasos de sus toros. Los de ayer eran blandos y bastante descastados. En mi opinión los tres primeros estaban pasados de peso. El primero escandalosamente regordío y basto. No estaban en el tipo de la ganadería: yo creo que se confunde trapío con kilos. Los saltillos de Albacerrada quizás no deberían pasar de 500 kg. De ese modo hay una relación ajustada entre la estructura del toro, su musculatura y sus fuerzas. Pasados de peso ni son bonitos ni se mueven como el aficionado espera que lo hagan. Tantos kilos sólo son buenos para que tengamos más masa para hacer un buen guiso.

viernes, 4 de junio de 2010

UNA MANSADA DE MARTÍN LORCA



Juan José Padilla vino ayer a la Maestranza sin ganas de torear. Parecería que El Ciclón de Jerez ya ha hecho toda la temporada y que le sobraba la corrida que ayer le regalaron los Pagés. O que cuando no se enfrenta a fieras de Miura o de Victorino (las de antes, claro) o de Adolfo deja ver que, aparte de valor y arrojo, de toreo sabe muy poco. Porque ayer anduvo ausente en sus dos toros. No es que fueran dos joyas, porque lo que Martín Lorca mandó a la Mestranza para el Corpus fue una mansada, con genio pero una mansada. Muy bien presentada, con cara y trapío, con mucha leña por delante (el sobrero tenía para hacer una mesa), pero una mansada de campeonato. Yo diría que después de la mezcla de sangres que Martín Lorca ha hecho entre Cebada Gago y diversas variaciones de Domecq, tiene que deshacerse de la vacada y los sementales y comenzar de nuevo. Porque no es normal que salga tanto manso junto, y tan blandos. Y no era un problema del año. Algunos eran cinqueños y se portaron igual que sus hermanos un año más jóvenes. Un desastre de encierro, vaya. Sólo se libró parcialmente el sexto que, aunque también blando como un merenguito, sacó un poco de casta y repitió a las llamadas de Salvador Cortés (luego escribiré algo más de esto último). De Martín Lorca sólo se libraba el mayoral que andaba sobre los chiqueros vestido como un pincel. No sé si pensaba que lo que traía era tan bueno que había que arreglarse por si se daba la circunstancia de salir a hombros por la Puerta del Príncipe. Pero no. Se tuvo que ir agachando la cabeza. Digo yo que sería así, porque desde luego no lo ví marcharse de la plaza.
Lo dicho. Que Padilla estaba desganado. O sin recursos. Con la capa estuvo vulgar y sin saber qué hacer con lo que le tocó en suerte. Si el Usía de turno (Sepúlveda era en esta ocasión) hubiera cumplido con el reglamento, que para eso está, para hacer que se cumpla, le habría puesto dos sanciones: una por dejar su primero ante el varilarguero entre las dos rayas; y otra por no poner al toro en suerte en el segundo intento de ese mismo toro. ¡¡Qué mal estuvo!! Y vulgarísimo con las banderillas que dicen que son su fuerte. Luis Mariscal le dió en el sexto una lección de cómo se ponen los garapullos. Sobre todo en el segundo par en el que, con todo merecimiento, se arrancó la música. Qué gran torero este Luis Mariscal.
Con la muleta Padilla estuvo aún peor. Si yo fuera gerente de la casa Pagés la próxima temporada no vendría ni a los Miuras. Seguro que hay por ahí jóvenes con ganas de demostrar de lo que son capaces. No se puede venir a la Maestranza con esa desgana.
Uceda Leal estuvo en lo suyo. Si no hay material, pues no se esfuerza uno. Que tampoco hay que cansarse demasiado. ¿Por qué repite este matador todos los años en el Corpus? Hay cosas que uno no entiende muy bien. Fue efectivo con la espada, como casi siempre, pero la primera no fue un ejemplo de colocación.
Y qué decir de Salvador Cortes. Anduvo aseado toda la corrida y toreó bien a su segundo que fué el único potable del encierro. Más encastado y repetidor que sus hermanos (aunque tampoco era una joya), y también muy blandito. Con la capa, casi nada. Pero con la muleta lo enganchó bien con la diestra. Sobre todo la tercera serie, templada, bien ligada, con la mano baja, llevándose al toro a la espalda... Con la zurda no cumplió, aunque los públicos le aplaudieran a rabiar. En ninguna de las dos tandas que ensayó se colocó: tan fuera de cacho estaba que le cabía el AVE entre la muleta y la taleguilla. Y claro, si no te cruzas pues no se puede mandar ni templar ni ligar ni nada de nada. Eso sí, Salvador demostró que sabe cómo hay que portarse ante los públicos de la Maestranza. En la feria estuvo aturrullado y sabía que para trinfar tenía que hacer las cosas despacito. Pero no tanto, Salvador, no tanto. Entre tanda y tanda se daba un paseo tan largo que parecía que se le había olvidado que tenía que matar al toro. Y baile, mucho baile. Demasiado. Desde luego hay que reconocer que con la derecha hizo toreo del bueno.
Cortés mató muy bien, pero que muy bien, a este Indiano, que así se llamaba el sexto. Y los públicos, después de la soporífera sesión que habían aguantado, le pidieron la dos orejas. Y el Usía se las dió sin dudar demasiado.
Como creo que no las merecía (con una hubiera ido de sobra), me fui de la plaza sin esperar a que diera la vuelta al ruedo. Creo que estos excesos no se pueden cometer en una plaza como la Maestranza. En las crónicas de prensa he leído que salió a hombros por la puerta de cuadrillas. Me lo temía. Jesús, jesús: lo que hay que ver.