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miércoles, 25 de abril de 2012

¿TÚ TAMBIÉN, VICTORINO?



Otra vez el baile de corrales. Y esta vez al reputado como uno de los representantes más serios y honestos del paisaje ganadero. Pues también a Victorino le devolvieron cuatro reses: dos por despitorrados y dos por falta de trapío. Con eso y todo, hemos visto una corrida de toros. Que ya era hora. El encierro estaba desigualmente presentado; con dos toros fuera de tipo, grandones y feuchos, y otro demasiado chico. Uno, quizás el de mejor juego, era cinqueño. Debería Victorino Martín haber presentado una corrida más igualada, pero, claro, siendo para Sevilla...
Los saltillos del hierro del Marqués de Albaserrada dieron también juego desigual y todos blandearon durante la lidia. Algunos mansearon más y otros menos. Ninguno fue con prontitud al caballo y fueron picados desigualmente. Alguno metió la cabeza bajo el peto, empujando con codicia; otros se fueron del caballo a poco de sentir el picotazo. Unos presentaron más dificultades en la lidia (el primero era imposible por la derecha, pero Fandiño tuvo la habilidad de corregirlo); otros, un poco menos. Todos se comportaron como se espera de este encaste (ya saben, buscando los pies de su contrario) aunque ninguno fue lo que se dice una alimaña. Unos fueron aplaudidos al aparecer en el ruedo y en el arrastre, y otros no. Una corrida de toros en definitiva. Cada uno con sus características, cada uno con sus dificultades, pero los seis pidieron el carnet de torero a sus lidiadores. Ya era hora de que viéramos toros en el albero de la plaza. Sólo con eso nos dimos por contentos. Que no es poco estando las cosas como están.
El mano a mano lo ganó claramente Fandiño que estuvo muy seguro y poderoso con los ejemplares que le tocaron en (buena) suerte. El primero lo toreó admirablemente con la izquierda hasta que el animal se aprendió el camino, y entonces dio un par de tandas por la derecha una vez que había corregido las dificultades que el victorino tenía por ese lado por donde le había dado dos peligrosos avisos. En el tercero, un cinqueño que dio muy buen juego, Fandiño estuvo firme y bien plantado. Alargó la mano y le dio distancias, lo que le permitió cuajar una buena faena: cuando las cosas se hacen bien se obtienen buenos resultados. Oreja merecida. Con el quinto estuvo menos firme, aunque también hubo tandas de interés. El público pidió la oreja, pero el presidente hizo bien en no concederla (aunque se han dado orejas con menos merecimientos) y el torero mal al dar una segunda vuelta al ruedo por su cuenta. No lo necesitaba, porque ya tenía el reconocimiento de Sevilla. A los tres los mató bien y por arriba, aunque en las tres ocasiones la espada cayó algo trasera.
David Mora tuvo el peor lote y el peor toro de todo el encierro que salió en segundo lugar. Un toro fuera de tipo, demasiado grandón y regordío que tenía pocas fuerzas para tanto kilo. Pero aunque le puso voluntad, no dio la talla ante sus enemigos. Todos le superaron y en ocasiones se le vio espeso de ideas. No se colocó bien, no dio las distancias adecuadas (a veces recurrió al populista arrimón) ni corrió la mano ni mandó lo que los victorinos precisaban para entregarse. Demasiados toros para él.
Al menos yo he salido satisfecho de la plaza por tercera vez después de nada menos que doce corridas.
¡Ah, lo olvidaba! Tristán volvió a meter la pata con su música durante la lidia del quinto. El toro desarmó a Fandiño. El torero se fue a las tablas a por otra muleta, volvió al ruedo, cambió al toro de terrenos, y la música siguió con el pasodoble. Sería para entretenernos durante ese tiempo muerto. Menos mal que ha dicho en una emisora de radio que el próximo año no estará dirigiendo su banda en la plaza de toros.



viernes, 20 de abril de 2012

MAS DE LO MISMO Y DOS SORPRESAS



Que no hay manera de salir de la hondura del pozo en que se ha instalado este ciclo de abril en la plaza de toros de la Real Maestranza. Los toros de El Ventorrillo que se corrieron ayer (es un decir) se portaron como lo que son: puros juanpedros. Bien presentados, astifinos, pero blandos, mansurrones y descastados hasta la desesperación. El buen aficionado que es Fernando Naranjo decía del que fue creador de este toro adecuado al gusto de los toreros de postín y al toreo moderno que era un alquimista. Y ahí está el resultado de la ancestral práctica. Un toro que sólo lo es por su aspecto, pero que dentro no tiene nada de nada. Y ya parece que ni las figuras los quieren, porque los tres que ayer se enfrentaron a los juanpedros de Toledo eran tres toreros habituados a las corridas duras y correosas y no a los toros artistas. Nada de nada pudieron hacer con lo que salió por la puerta de toriles, aunque hay que decir que, con mayor o menos acierto, con mejores o peores resultados, estuvieron firmes ante los que les tocaron en suerte. Bueno, hay que reconocer que Diego Urdiales, aunque siempre se colocó bien para tratar de sacar algo de sus oponentes, anduvo espeso, sin decisión, falto de sitio. Algo extraño en este riojano acostumbrado a lidiar siempre con lo más duro de la ganadería brava. Fandiño y el debutante Jiménez Fortes se empeñaron en torear pero no hubo manera de sacar nada de donde no había. Nos aburrimos de nuevo.
Lo único interesante de esta corrida fue que se produjeron dos acontecimientos que sorprendieron a públicos y aficionados. El primero que pudimos constatar que detrás del balconcillo de la presidencia de la plaza hay un pañuelo verde y que en los corrales hay una parada de cabestros. Cuando ya estábamos convencidos de que tales cosas no existían en la Maestranza, el presidente sacó ayer el pañuelo verde en dos ocasiones. Inaudito. El segundo, que la suerte de varas es una parte de la lidia en la que también se torea. Lo demostró ayer  Plácido Sandoval "Tito" que iba con la cuadrilla de Jiménez Fortes. Se colocó en el sitio debido, movió el caballo, citó al toro, en definitiva hizo la suerte de varas. Sólo en el segundo de los envites colocó adecuadamente la vara aunque el toro saliera después de najas porque era mansurrón y descastado, pero pudimos presenciar cómo la suerte de picar es también una parte del toreo. Inaudito.

martes, 26 de abril de 2011

EL PROBLEMA ES LA LIDIA



La verdad es que ayer salí bastante desconcertado de la plaza. Desconcertado con los toros del Conde de la Maza y desconcertado con los toreros que se las vieron con ellos. Por eso esta mañana, antes de ponerme a escribir y por primera vez desde que escribo estas líneas, he leído algunas reseñas de la prensa y algunos blogs que tratan sobre la corrida de ayer en la Maestranza. Y sigo aún más desconcertado. De modo que voy a volcar aquí algunas ideas que a veces contradicen lo que otros piensan de toros y toreros, pero que reflejan del modo más fielmente posible mis impresiones.


En primer lugar pienso que se trató de una corrida difícil y con una presentación desigual. El primer toro, aunque con la edad necesaria, tenía escaso trapío: parecía un novillete, pero estaba encastado y tenía peligro. Algunos fueron muy blandos y otros mansearon. Tuvieron su trapío, eran badanudos, bien armados, con sus kilos... Aunque hay quien dice que todos fueron mansos y descastados yo no lo creo así. Para mí fueron mansos los dos del lote de Oliva Soto, que tras la primera vuelta de reconocimiento del ruedo buscaron rápidamente la puerta por la que habían entrado. Pero estaban encastados y tenían genio, como demostraron a lo largo de la lidia, y sólo el segundo de ellos se fue a morir a la querencia, aunque después se echara justo enfrente. Todos los toros tuvieron mucho peligro y desarrollaron a lo largo de la lidia una conducta que ponía en riesgo a cuanto coletero se movía por la arena, que por cierto estaba muy blanda y removida en los tercios correspondientes a los tendidos 3 y 5, lo que provocó la caída de más de un astado y puso en peligro a los hombres de a pie.


Yo creo que si las cosas fueron tan mal en la corrida no fue sólo por los toros sino tambien por los toreros. Que los toros tuvieron dificultades es cierto. Pero es que se trata de toros, no de carretones de entrenamiento, ni desde luego de bobalicones "toros artistas" de esos de "pasa p'acá, pasa p'allá", mientras el torero se preocupa de "darse importancia". La lidia de los del Conde fue un desastre. Todos salieron abantos, como corresponde a su encaste porque son parladés vía Núñez. Pero cuando se les llamaba acudían presto y al galope a los capotes; sólo el tercero y el quinto buscaron la salida en sus correrías por el ruedo. Pero las cuadrillas parecían haber visto salir de chiqueros fieras corrupias en lugar de toros. ¡Qué desorden! ¡Cuántas carreras! ¡Cuánto mantazo! Y así fue el primer y segundo tercio en todos los casos. Sólo ocasionalmente lograron hacerse con los toros, recogerlos. Ahí Vilches hizo lo mejor de su actuación con unas buenas verónicas en el primero y no tan buenas en el segundo de su lote.Y qué decir de la suerte de varas, que no existió. Los toros se pusieron en suerte donde a ellos mismos les dio la gana. A veces en el mismo tercio, al hilo de las tablas. Desde luego nunca dónde y como manda el reglamento. Los que fueron de largo lo hicieron al relance o por propia voluntad, porque hacían lo que querían por el ruedo sin que nadie pusiera orden en ese desbarajuste. Supongo que la Real Hacienda habrá tenido ayer buenos ingresos si la usía aplicó el reglamento, porque todos los responsables debieron salir multados de la plaza. Es curioso lo que pasa en esta Maestranza: si tras estoquear al toro los peones intentan hacer una rueda de capotes, inmediatamente aparece un emplumado dando golpes en las tablas con su fusta para indicar a los toreros que eso no se puede hacer, al tiempo que entre el público comienzan las protestas. Pero si se pone al toro detrás de la primera raya del tercio o el picador sale con su montura a donde le venga bien para picar al toro, ni alguacil, ni público ni nadie protesta. Y mientras, los matadores cuya obligación es poner al toro en suerte, haciendo el más perfecto de los tancredos: sin  inmutarse, vaya. Después el del castoreño ponía (es un decir) la vara donde caía: en la paletilla, en el rabo, en el lomo... donde cayera. Es que no puede ser.


Y en el segundo tercio más de lo mismo. Mantazos van y mantazos vienen, y el toro puesto en suerte (también es un decir) donde le parecía pararse. Porque aquello parecía una capea de pueblo. Y los matadores de nuevo haciendo el tancredo, como si no fuera con ellos. Y claro, como algunos toros habían blandeado en varas, sobre todo el tercero que a más de mansote resultó tullidito y la usía no quiso cambiarlo (otros se caían en el arenal que había entre los tendidos 3 y 5), pues capotazos para arriba, y el toro topando telas cada vez que le ponían una por delante. Vamos que nadie enseñó a los toros por dónde había que embestir ni les forzó a humillar. Como los toros salían engallados y los torearon para arriba, pues después pasó lo que pasó.
Y qué decir de los matadores. Sólo Oliva Soto parecía saber algo de qué había que hacer con aquellos toros maleducados. A los dos les comenzó la faena con saber y torería. Los doblones de inicio del segundo toro fueron una delicia. Como alguna de las tandas por la izquierda, y algunos remates... Demasiado para unos toros maleducados y que tiraban gañafones por donde querían. Pero los otros dos ni supieron qué hacer. Lo siento por sus paisanos, pero Vilches me pareció un torero sin recursos. Con su primero, que no fue tan malo, no sabía por dónde empezar. Probatura por aquí y enganchón; probatura por allí, y enganchón. Y así hasta el hastío. Después me dijo Paco que en programa de mano decía que el pasado año había toreado tres corridas de toros. Eso explica algunas cosas. Y Fandiño, pues pasó por allí y nada más. En fin, que quedó la torería de Oliva (y su analfabetismo estoqueador) y nada más.

domingo, 25 de abril de 2010

LAS NUEVAS TRADICIONES


El sábado "de farolillos" se ha convertido en la Maestranza en el día de la corrida de la prensa del corazón. Del mismo modo que el domingo por la mañana hay espectáculo de rejoneo y por la tarde se corren los toros de Miura. Y además esta corrida ha estado protagonizada en los últimos años, excepto el pasado que sirvió para despedir a Esplá, por la misma terna: Manuel Díaz "El Cordobés", Francisco Rivera Ordóñez y David Fandila "El Fandi". Plaza llena de público proveniente de cualquiera sabe dónde, y algunos aficionados que no cejan en su afán por ver toros en el ruedo. Pero yo creo que vamos a ir dejando de acudir a este festejo, porque año tras año resulta un espectáculo insoportable. Los tendidos se llenan de gente interesada fundamentalmente por ver en vivo y en directo a los toreros que más aparecen en el papel cuché y en la televisión rosa, y las evoluciones en el ruedo de Fandila. Porque otra cosa no se ve. A la empresa le viene bien: lleno de no hay billetes, toros de saldo y toreros baratitos. Un negocio para redondear el ciclo continuado de feria.
Los toros de Torrestrella (qué pena de ganadería) aunque en general empujaron en varas, eran de gelatina o enfermos o tullidos o yo qué sé. El sexto además tenía una cornada reciente que se abrió durante la lidia dejando salir un cuajarón de sangre. Casi todos eran chicos, de cara limpita y, menos el sexto, anovillada. Algunos sospechosos de pitones. Cómo serían los cuatro que fueron rechazados en el reconocimiento cuando salió lo que salió por la puerta de chiqueros. Sólo uno, el quinto, fue devuelto por el presidente y sustituido por un sobrero de Toros de la Plata que llevaba una eternidad en los corrales. Pero cuatro más no debieron permanecer en el ruedo. Qué papelón del (mal) presidente Francisco Teja que dejó torear cornúpetas que comían albero antes de entrar a los caballos (no digamos después) y que daban muestras de debilidad extrema. Un encierro digno de una plaza portátil con espadas de segunda por el que se pagaba en taquilla lo mismo que por ver toros de verdad estoqueados por figuras del toreo.
De lo que pasó en el ruedo más vale olvidarse para no caer en la tentación de no renovar el abono. Sólo se pudo salvar el pundonor y la honestidad de El Fandi. El granadino siempre está en buena disposición, atento a la lidia y hace lo que sabe y lo que los públicos esperan de él. Capoteó con soltura y variedad a sus dos toros (al primero se lo llevó a la boca de riego toreándolo por bajo con poder y torería), llevó a un toro al caballo con chicuelinas al paso y participó en los dos quites que le correspondían; uno con chicuelinas muy ajustadas. Puso sus pares de banderillas como suele: haciendo un alarde de facultades y exponiendo lo suyo. Los del primero mejor que los del segundo. Los públicos puestos en pie aclamaron al matador al final de cada suerte. Con la muleta hizo lo que sabe. Es que no da para más: ni temple ni colocación ni nada de nada, eso sí con la mayor de las voluntades y la mejor predisposición. Pero llega a ser cansino. Como los públicos vienen a verle poner banderillas, pues que después aliñe a los toros y los mate con prontitud. Todos se lo agradeceríamos y no perdería alguna orejilla, como le sucedió en el sexto de la tarde cuando el (mal) presidente Teja no cedió a la pretensión de los públicos de concederle una oreja que ya estaba dispuesto a cortar su tercero.
El Cordobés no tiene maneras para hacer el paseíllo en la Maestranza. No torea ni con la muleta ni con los capotes, ni pone los toros en suerte como se debe, ni está atento a la lidia ni nada de nada. Se llevó a sus dos toros a los terrenos del 10 y allí se dedicó a conversar con los públicos dando trapazos a los tullidos que le tocaron en suerte hasta que los mató de mala manera. Un espectáculo indigno de esta plaza. Pero los taurinos se empeñan en traerlo cada año y los públicos le aplauden a rabiar todas sus gracietas, porque es muy simpático y muy campechano y muy humilde. Pues yo conozco a mucha gente que es así y no se visten de toreros.
Lo del mayor de la última generación de la dinastía Ordóñez es todavía peor. Yo no sé quién tuvo la feliz idea de proponer (y conceder) la medalla de oro de las Bellas Artes a semejante pegapases. Evidentemente el que lo hizo no sabía de toreo ni desde luego de Bellas Artes. Qué espectáculo dio Rivera. Cumpliendo de mala gana en cada tercio (puso banderillas vulgares a su segundo), colocado siempre fuera de sitio y citando descaradamente con el pico de la muleta; matando mal. Si lo viera su abuelo Ordóñez le prohibiría anunciarse en los carteles. Entre los públicos las mocitas enaltecían su guapura y los varones su humildad y simpatía. Pero ninguna de esas virtudes, que las tendrá, tienen que ver con el toreo. Un espectáculo por el que seguramente cobró bastantes euros de curso legal. Una estafa en toda regla.
En fin que la Maestranza se convirtió ayer en una plaza portátil de cuarta categoría a pesar de que los balconcillos estuvieran ocupados por maestrantes y sus mujeres ataviadas lujosamente y de que en el palco de convidados de la Real Maestranza se sentara la duquesa de Alba con peineta, mantilla blanca y clavel rojo en la cabeza.
Para completar el desastre el maestro(¿?) Tristán atacó el pasodoble a instancias del público mientras Fandila trapeaba al sexto. Puso cara de "¿qué le voy a hacer si me lo están pidiendo?". Pues no hacer caso, hombre, no hacer caso. Que la música en la Maestranza no es una charanga de plaza de pueblo.