viernes, 27 de abril de 2012

ALGO DE ESPERANZA Y UNA SARDINA



Eso era el cuarto toro de la tarde, una sardina con patas. Patas largas, cuerpo escuálido y carita de niño. Un bodrio de toro, como todos los demás que salieron al ruedo. Mansurrones (buscaban desesperadamente la puerta por donde habían llegado) blandos, descastados y tontorrones. Perdón, muy nobles. Seguimos con las mismas. ¡Qué mala suerte tiene Morante! Siete toros y ninguno ha salido bueno. Que si uno hacía no sé qué, que si el otro no se entregaba, que si el de más allá tiraba un gañafoncito por la izquierda y así no hay forma... Mala suerte. Con el cuidado que ponen los suyos en buscar el ganado para el maestro y nada. Pues a despedirlos a todos, incluido el apoderado. Y para la próxima que exija que le anuncien con toros de verdad. Verá como entonces sí puede mostrar todo lo que lleva dentro ¿O no? Porque dos medias (eso sí, de cartel de toros), unas chicuelinas, una tanda por la derecha y algunas trincherillas salerosas no sirven para justificar el día. Y sí dejaron ver con claridad que el de La Puebla está espeso y reservón. Aguanta las broncas con estoicismo, y a otra cosa. Ya lo decía: seguramente la afición sevillana no le va a permitir mucho más, porque Morante no es Curro. Ni siquiera en las broncas. ¿Quién no recuerda las broncas al camero en la Maestranza? Eran tan apoteósicas como sus triunfos. Las broncas a Morante son medianitas. Ni siquiera la lluvia de almohadillas en la despedida (que no estoy defendiendo, desde luego) son como aquellos diluvios que soportaba Curro en su camino hacia la puerta del patio de caballos. Así que como no es Curro, a lo mejor los aficionados se olvidan de él.
La esperanza la puso el nuevo matador de toros, el madrileño López Simón, que sorprendió con su decisión, su arrojo y sus maneras ante el único toro decente (que no bueno) de la tarde y que casualmente estaba reseñado de sobrero. Su decisión y arrojo le valieron la oreja y una cornada cuando se tiró a matar con todas las fuerzas de su alma. Cuando lime algunas asperezas y purifique su tauromaquia quizás tengamos un buen torero.
Eso fue todo en una tarde con tantas esperanzas, porque Manzanares vivió de la renta ante un ganado imposible y llevó la lentitud de su faena hasta la desesperación en el quinto de la tarde. Es que claro, además de que su tauromaquia está marcada por la despaciosidad, a estos toros enfermizos hay que dejarles mucho tiempo entre tanda y tanda, y a veces entre pase y pase, para que se recuperen y medio acudan la engaño.
Una penita de ganado del glorificado Núñez del Cuvillo. Como casi todo lo que ha salido, exceptuando lo de Cuadri y lo de Victorino Martín. Si estas mismas ganaderías sacan ganado bueno en otras plazas, tendremos que dar crédito a quienes dicen que el problema no es sólo del declive de la cabaña brava, sino que los ganaderos envían a cada plaza ejemplares de calidad proporcional a lo que las empresas pagan por ellos. Entonces, lo que sale en la Maestranza es de saldo.

miércoles, 25 de abril de 2012

¿TÚ TAMBIÉN, VICTORINO?



Otra vez el baile de corrales. Y esta vez al reputado como uno de los representantes más serios y honestos del paisaje ganadero. Pues también a Victorino le devolvieron cuatro reses: dos por despitorrados y dos por falta de trapío. Con eso y todo, hemos visto una corrida de toros. Que ya era hora. El encierro estaba desigualmente presentado; con dos toros fuera de tipo, grandones y feuchos, y otro demasiado chico. Uno, quizás el de mejor juego, era cinqueño. Debería Victorino Martín haber presentado una corrida más igualada, pero, claro, siendo para Sevilla...
Los saltillos del hierro del Marqués de Albaserrada dieron también juego desigual y todos blandearon durante la lidia. Algunos mansearon más y otros menos. Ninguno fue con prontitud al caballo y fueron picados desigualmente. Alguno metió la cabeza bajo el peto, empujando con codicia; otros se fueron del caballo a poco de sentir el picotazo. Unos presentaron más dificultades en la lidia (el primero era imposible por la derecha, pero Fandiño tuvo la habilidad de corregirlo); otros, un poco menos. Todos se comportaron como se espera de este encaste (ya saben, buscando los pies de su contrario) aunque ninguno fue lo que se dice una alimaña. Unos fueron aplaudidos al aparecer en el ruedo y en el arrastre, y otros no. Una corrida de toros en definitiva. Cada uno con sus características, cada uno con sus dificultades, pero los seis pidieron el carnet de torero a sus lidiadores. Ya era hora de que viéramos toros en el albero de la plaza. Sólo con eso nos dimos por contentos. Que no es poco estando las cosas como están.
El mano a mano lo ganó claramente Fandiño que estuvo muy seguro y poderoso con los ejemplares que le tocaron en (buena) suerte. El primero lo toreó admirablemente con la izquierda hasta que el animal se aprendió el camino, y entonces dio un par de tandas por la derecha una vez que había corregido las dificultades que el victorino tenía por ese lado por donde le había dado dos peligrosos avisos. En el tercero, un cinqueño que dio muy buen juego, Fandiño estuvo firme y bien plantado. Alargó la mano y le dio distancias, lo que le permitió cuajar una buena faena: cuando las cosas se hacen bien se obtienen buenos resultados. Oreja merecida. Con el quinto estuvo menos firme, aunque también hubo tandas de interés. El público pidió la oreja, pero el presidente hizo bien en no concederla (aunque se han dado orejas con menos merecimientos) y el torero mal al dar una segunda vuelta al ruedo por su cuenta. No lo necesitaba, porque ya tenía el reconocimiento de Sevilla. A los tres los mató bien y por arriba, aunque en las tres ocasiones la espada cayó algo trasera.
David Mora tuvo el peor lote y el peor toro de todo el encierro que salió en segundo lugar. Un toro fuera de tipo, demasiado grandón y regordío que tenía pocas fuerzas para tanto kilo. Pero aunque le puso voluntad, no dio la talla ante sus enemigos. Todos le superaron y en ocasiones se le vio espeso de ideas. No se colocó bien, no dio las distancias adecuadas (a veces recurrió al populista arrimón) ni corrió la mano ni mandó lo que los victorinos precisaban para entregarse. Demasiados toros para él.
Al menos yo he salido satisfecho de la plaza por tercera vez después de nada menos que doce corridas.
¡Ah, lo olvidaba! Tristán volvió a meter la pata con su música durante la lidia del quinto. El toro desarmó a Fandiño. El torero se fue a las tablas a por otra muleta, volvió al ruedo, cambió al toro de terrenos, y la música siguió con el pasodoble. Sería para entretenernos durante ese tiempo muerto. Menos mal que ha dicho en una emisora de radio que el próximo año no estará dirigiendo su banda en la plaza de toros.



martes, 24 de abril de 2012

TEDIOSO



El aficionado que acude cada día a la plaza de toros está cayendo en el tedio y la desesperación. Ya no venimos a la plaza con la ilusión y la esperanza que se debería cuando se va a ver una corrida de toros. Ya no esperamos nada. Decían los responsables de la Empresa Pagés en la entrevista que publicó el diario ABC el pasado domingo de Resurrección que iba a haber sorpresas en una feria a la que venían las para ellos mejores ganaderías del país. Pues ya lo estamos viendo. Día a día nos acercamos a ver el acta del reconocimiento de los toros para comprobar cuál ha sido el desaguisado y ya en las localidades no esperamos nada. El tedio se ha apoderado de la afición después de una docena de festejos en los que sólo la cuadrilla y el temple de Manzanares lograron sacarnos del sopor y la abulia que nos invade.
Ayer se devolvieron tres. Y, de nuevo, cómo serían si lo que salió por la puerta de los chiqueros eran novillos viejos, sin presentación ni casta, y completamente inválidos. Sólo dos fueron devueltos a los corrales, pero el presidente debería haber echado para detrás a los ocho. Porque ninguno se mantenía en pie ni tenían condiciones para ser lidiados en una plaza de primera categoría.  Los toreros más que intentar dominar a semejante desecho de ganadería, tenían que hacer labores de enfermería. A nada que el ejemplar de turno se daba una vuelta por el ruedo, casi siempre buscando desesperadamente la puerta por la que había entrado allí, y acudía a los capotes, doblaba las manitas y los coleteros se convertían en enfermeros: capotes arriba. Por no hablar de la suerte de varas que ya no es ni un simulacro. Ni se coloca a los toros, ni se les pica, ni nada de nada.
Con eso por delante ningún torero puede hacer nada. Por muchas ganas que tenga, lo que ocurre en el ruedo no es un enfrentamiento entre el hombre y el animal sino otro simulacro aburrido y tedioso. Nada de la emoción que se supone a un espectáculo como éste. En vez de estar en vilo por la suerte del matador estamos pendientes de si va a ser capaz de mantener al toro en pie. A veces los matadores muestran ganas de participar en el simulacro de la mejor manera posible pero todo acaba en nada. Ayer mostró ganas Cayetano, y también que ha mejorado su colocación y su técnica, pero nada de nada. Castella intentó torear a su manera los dos que le tocaron en suerte, pero ha perdido bastante el sitio. Y Luque lo intentó en el que cerraba plaza, pero no puedo enjaretar más que un par de series. Lo demás, labores de enfermería. Tampoco se les puede pedir más: el toreo es lucha y no una sesión de cuidados paliativos que es lo que pedían a voces los toros.
Claro que parece que no todo el mundo está viendo la misma corrida. Una parte del público llegó a aplaudir en el arrastre a uno de esos tullidos, feos y descastados animalejos que anduvieron por el albero.
Ya digo, un tedio.

lunes, 23 de abril de 2012

ESTA VEZ FUERON CINCO


Cinco fueron los toros de esta doble ganadería (Torrehandilla-Torreherberos) devueltos por los responsables de autorizar el ganado en la Maestranza. Tengo que usar la misma expresión de ayer: cómo serían si lo que salió fue lo que salió. Sólo el que saltó en último lugar, cinqueño como otros dos de sus hermanos, tenía aspecto y maneras de toro bravo. Debió venir a Sevilla por equivocación o porque el ganadero de los jandillas de Jaén no tenía con qué sustituir los devueltos (los dos sobreros eran de Montealto). Los otros cinco, sin presencia ninguna y con aspecto de novillos viejos, eran inválidos, descastados, mansos y varios, por la forma en que se destrozaban los pitones nada más rozar con ellos las tablas o el suelo,  sospechosos de haber pasado por la barbería. Claro que seguramente el presidente no habrá dado orden de que se analicen las astas. Bastante desaguisado le ha hecho al pobre ganadero devolviéndole cinco que ahora no tendrá dónde colocar. ¿A qué plaza lleva cinco "toros de Sevilla"?
Bueno, que no se preocupe demasiado: siempre habrá  algún pueblo en fiestas con plaza portátil en la que los pueda torear Rivera Ordóñez. ¿Qué hace este torero anunciado en un cartel que no sea el de la tradicional corrida del corazón del sábado de farolillos? No tiene sitio, ni ganas ni nada de nada. Con actuaciones como esta se explica uno que Paco Camino y José Tomás devolvieran sus medallas de oro de las Bellas Artes cuando alguien tuvo la ocurrencia de dársela a semejante pegapases. Yo creo que ya no le gusta ni a la Duquesa de Alba que no se pierde una de las actuaciones del padre de su nieta desde el palquillo maestrante. Si su abuelo, al que quería imitar recibiendo a su segundo con unos lances con la rodilla flexionada, pudiera verlo, le obligaba a abandonar la profesión. Y si yo fuera su padre le prohibía anunciarse como Paquirri (¡a estas alturas de su carrera!): ese nombre nos recuerda pundonor y fuerza, además de excelentes pares de banderillas que Rivera no coloca ni por equivocación. No se puede uno llamar Rivera Ordóñez y andar de semejante manera por las plazas de toros.
En fin que, menos algunos lances con la derecha (acelerados como si tuviera prisa por marcharse) que El Cid dio a su segundo, la corrida de ayer fue una más del ya largo número de fiascos que se están produciendo este año en el ciclo. El poderoso torero que fue El Cid ya está desaparecido. Y lo malo es que nos quedan dos tardes más con el de Salteras, además de la actuación de San Miguel. Ni sus actuaciones del año pasado justifican sus cuatro tardes, ni lo que hizo ayer muestra que ha vuelto al buen camino, Parece un torero acabado.
Para decir la verdad, el único que ayer se ganó el sueldo fue El Fandi. Diremos lo que diremos los aficionados, pero Fandila hace lo que sabe y lo que sus públicos esperan de él. Y lo hace lo mejor que puede. Se llevó el mejor de la tarde (el que vino por equivocación, claro) y le hizo lo que sabe con pundonor. Es cierto que no da más de sí, pero tiene decisión y no engaña a nadie. Aunque eso no justifique que todavía tengamos que verlo otra vez el sábado. En fin...

domingo, 22 de abril de 2012

OTRA VEZ SERÁ



Estas fueron las palabras resignadas de un aficionado que ayer ocupó el asiento de detrás. Morantista confeso, admitió que el de La Puebla dio un petardo, aunque para él como para otros admiradores de su toreo (entre los que me cuento) ver a Morante ejecutar una verónica como las dos o tres que ayer nos brindó, con los pies plantados, el capotito recogido y el mentón pegado al nudo de la pañoleta, ya justifican una corrida. Pero no deja de ser una pobre justificación asociada al reconocimiento del fracaso. Porque lo de Morante fue un fracaso en toda regla, como todo lo que sucedió ayer en la plaza de toros de Sevilla. Un fracaso superlativo. Otro más.
Cuando llego cada día a la plaza de los toros, antes de enfilar el túnel al que se accede por la puerta 15, me acerco a mirar el acta del reconocimiento de los toros que ofrece información sobre el ganado que no aparece en el escueto programa de mano que entrega la Empresa. Por ejemplo, cuántos ejemplares han sido devueltos en el reconocimiento y las causas. Y lo de ayer fue significativo: hasta siete ejemplares de Garcigrande-Domingo Hernández  fueron devueltos por falta de trapío por un equipo de presidente y veterinarios que no se caracteriza precisamente por la exigencia con el ganado, según se demuestra cada día. Cómo serían esos devueltos si lo que salió por toriles era impresentable. Trapío impresentable, flojedad absoluta, mansos y completamente ayunos de casta brava. Qué quieren que les diga, otro triste ejemplo del encaste (es un decir) juanpedro. Como Juan Pedro Domecq Solis llenó la cabaña brava con el resultado de sus alquimias pues ahora no hay manera de ver una corrida de toros en condiciones. Es desesperante ver cómo cada día aparece el mismo ganado borreguil y blandengue por la puerta de chiqueros, llámese como se llame la ganadería de procedencia.
Así el aburrimiento y la desesperación se está apoderando de los tendidos y al final van a salir ganando los que ayer desde el Paseo Colón atronaron con sus voces y silbatos las faenas que se ejecutaban en el ruedo maestrante. Pero no porque impongan su criterio animalista y antitaurino, sino porque los taurinos van a aburrir a los que acuden a las plazas de toros. Porque no me digan que Curro Vázquez no conocía lo que su pupilo iba a torear o que los veedores de la Empresa Pagés no habían aprobado el ganado cuando en el invierno andaban preparando los carteles para el ciclo abrileño.
Pues nada, eso fue todo. Un fracaso de los tres espadas, cada uno con su estilo. Fundi, demasiado reservón para la conducta a la que nos tiene acostumbrados; Morante desganado y sin recursos para afrontar ese infame ganado (que se lo piense, porque no es Curro) y Castella con su valor pero sin temple alguno y cansino hasta la desesperación, sobre todo en el sexto de la tarde que le tocó los engaños en casi todas las tandas que intentó. Ya digo, un petardo.
Y el maestro Tristán volvió a meter la pata hasta el mismísimo corvejón y provocó una bronca en los tendidos cuando inició, sin ton ni son, un pasodoble en un momento en que Fundi no daba pie con bola en el segundo de su lote. En una entrevista que concedió al diario ABC hace unos días, se mostraba ufano de que en la Maestranza la música suena cuando el director lo decide, pero está haciendo todos los méritos para que le sea retirada esa facultad: sus antepasados lo hicieron con criterio, pero él no lo tiene.

sábado, 21 de abril de 2012

ÉXTASIS EN LA MAESTRANZA


Si por mí hubiera sido, Curro Javier, Juan José Trujillo y Luis Blázquez, los tres toreros de plata que acompañan a Manzanares en sus andares por los ruedos, habrían salido ayer a hombros por la Puerta del Príncipe junto a su maestro. Porque de las cuatro orejas que cortó el diestro ayer, al menos la mitad se las debe a estos tres hombres. Dieron una lección magistral de cómo se lleva adelante una lidia y de cómo se ponen banderillas. Si los dos toros que llevaron al triunfo a Manzanares hubieran sido lidiados por cualquier otra cuadrilla, las cosas hubieran sido muy distintas. Desde luego que Manzanares les agradeció su labor haciéndoles saludar montera en mano desde el centro del ruedo al finalizar la triunfal vuelta con que culminó su segunda actuación, pero fue escaso premio para tan gran labor.
Me explicaré. Los seis toros de Victoriano del Río que ayer saltaron al ruedo estaban justitos de todo: justitos de presencia, justitos de fuerzas y justitos de casta. De lo que estaban sobrados era de eso que ahora se llama nobleza: buenos como para subirlos a los altares. Puro juanpedro: ni un mal gesto, ni un mal gañafón, ni una mala intención. Eran toros que había que cuidar hasta el extremo para que no dieran el mingo y llegaran vivos al tercer tercio. Por eso ninguno de los seis tomó varas en condiciones: ni ellos quisieron nada con los caballos (la castita justa) ni los del castoreño les hicieron ningún daño. Por si acaso. Con esas características, los toritos precisaban una lidia impecable.
Eso es lo que hicieron los tres auxiliares de Manzanares. Lidiarlos impecablemente. Mimarlos como si fueran recién nacidos. El quinto de la tarde, que llevó a los públicos de la Maestranza al éxtasis, no tocó una tela desde que salió hasta que, desorejado, fue arrastrado al desolladero. Ni una tela. Salió y fue citado de lejos por  los peones de Manzanares hasta que éste lo recibió bajo los asientos del 7 y le enjaretó una magistral, aunque algo acelerada, serie de verónicas rematadas con una media impecable. Cargando la suerte, nada del pasito atrás tan común hoy, y sin que Jerezano, que así se llamaba el juanpedro, rozara el percal. Y así siguió la lidia. Ver a Curro Javier poner al toro en suerte en el segundo tercio de un único y medido capotazo, o llevarlo a una mano hasta el burladero del 4 fue un lujo. Ahí está la diferencia.
Lidiados de ese modo, los toros llegaron a la muleta de Manzanares con las fuerzas y las condiciones justas para su toreo. Lento y cuidadoso, casi acariciando al toro con los vuelos de una muleta presentada a la distancia justa, siempre en la cara del astado, llevando al toro con mimo a la velocidad que el maestro quiere y la que el animal requiere. Precisión de relojero. Manzanares tiene en sus muñecas el privilegio del temple y del mando. Porque hay que tener mucho sentido del temple y mucho mando para hacer lo que ayer hizo delante de dos toros que no valían un pimiento y que en manos de otros no hubieran servido para nada. Y también tiene el don del duende. Por eso Sevilla lo ha adoptado y lo mima como él mima a esos toritos. Manzanares, con su toreo almibarado, llevó al éxtasis a un público entregado.
El resto quedó ensombrecido. Padilla que iba primorosamente vestido y a quién el público agradeció su gesta con una ovación de lujo, intentó en su primero hacer el toreo moderno que requieren los juanpedros pero no le salió. Y en el segundo estuvo en Padilla. Pero claro, ese toreo requiere otro toro. Y Talavante se mostró mucho más firme que en años anteriores, con temple, con mando, con sentido de la lidia. En su primer toro estuvo muy bien y se llevó una oreja, pero el segundo tenía demasiadas pocas fuerzas y su cuadrilla no es la de Manzanares. Ahí está la gran diferencia: para torear estos toros justitos de todo hay que tener una cuadrilla de lujo, y de esas sólo hay una y la tiene el de Alicante.
La corrida acabó elevando a Manzanares al Olimpo sevillano. Como un héroe, dio la vuelta al ruedo a hombros de los capitalistas y rodeado de una chavalería que lo ve como como el modelo a imitar. Sólo faltó que Tristán acompañara el momento con los sones de Puerta Grande (se le fue la ocasión de seguir haciendo historia) y que los tres toreros de plata acompañaran a hombros a su maestro.
Esta vez salimos de la plaza contentos. Pero no emocionados. Las cuatro orejas que Manzanares se llevó virtualmente en su esportón (en realidad dos se las regaló a un niño en la barrera del 3 y otras dos al Dr. Vila a quien había brindado su segundo) son todo un hito en la historia de la Maestranza. Como el rabo que Diego Puerta o Ruiz Miguel cortaron en esta misma plaza. Pero no tienen el mismo peso.

viernes, 20 de abril de 2012

MAS DE LO MISMO Y DOS SORPRESAS



Que no hay manera de salir de la hondura del pozo en que se ha instalado este ciclo de abril en la plaza de toros de la Real Maestranza. Los toros de El Ventorrillo que se corrieron ayer (es un decir) se portaron como lo que son: puros juanpedros. Bien presentados, astifinos, pero blandos, mansurrones y descastados hasta la desesperación. El buen aficionado que es Fernando Naranjo decía del que fue creador de este toro adecuado al gusto de los toreros de postín y al toreo moderno que era un alquimista. Y ahí está el resultado de la ancestral práctica. Un toro que sólo lo es por su aspecto, pero que dentro no tiene nada de nada. Y ya parece que ni las figuras los quieren, porque los tres que ayer se enfrentaron a los juanpedros de Toledo eran tres toreros habituados a las corridas duras y correosas y no a los toros artistas. Nada de nada pudieron hacer con lo que salió por la puerta de toriles, aunque hay que decir que, con mayor o menos acierto, con mejores o peores resultados, estuvieron firmes ante los que les tocaron en suerte. Bueno, hay que reconocer que Diego Urdiales, aunque siempre se colocó bien para tratar de sacar algo de sus oponentes, anduvo espeso, sin decisión, falto de sitio. Algo extraño en este riojano acostumbrado a lidiar siempre con lo más duro de la ganadería brava. Fandiño y el debutante Jiménez Fortes se empeñaron en torear pero no hubo manera de sacar nada de donde no había. Nos aburrimos de nuevo.
Lo único interesante de esta corrida fue que se produjeron dos acontecimientos que sorprendieron a públicos y aficionados. El primero que pudimos constatar que detrás del balconcillo de la presidencia de la plaza hay un pañuelo verde y que en los corrales hay una parada de cabestros. Cuando ya estábamos convencidos de que tales cosas no existían en la Maestranza, el presidente sacó ayer el pañuelo verde en dos ocasiones. Inaudito. El segundo, que la suerte de varas es una parte de la lidia en la que también se torea. Lo demostró ayer  Plácido Sandoval "Tito" que iba con la cuadrilla de Jiménez Fortes. Se colocó en el sitio debido, movió el caballo, citó al toro, en definitiva hizo la suerte de varas. Sólo en el segundo de los envites colocó adecuadamente la vara aunque el toro saliera después de najas porque era mansurrón y descastado, pero pudimos presenciar cómo la suerte de picar es también una parte del toreo. Inaudito.